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Me nacieron en Ciego de Ávila, Cuba, el 30 de diciembre de 1932. Mi nombre salió de la Santa del día y no lo encontré fuera de mi hasta que leí GUERRA Y PAZ de Tolstoi. Lo lleva la campesina que administra la casa del tío de Natasha, que mantenía su nobleza, pero en el campo; queda claro que aquella Anisia era más que ama de llaves; me gustó mucho su empaque campesino porque yo lo fui hasta mis 11 años. El lugar donde me criaron queda en el mismo centro de la Isla, de Norte a Sur y de Este a Oeste; las gentes, los árboles, los frutales, la flora y fauna silvestres, mis dos palmas reales centenarias están en mí como yo estoy en cada uno de ellos. A mis 20 años, mis padres gallegos decidieron radicarse en Buenos Aires donde tienen la familia. Allí terminé mi carrera de periodismo, empezada en La Habana. Por entonces jóvenes gallegos e hijos de gallegos fundaron una Asociación patriótico-cultural a la que fui a parar de mano de un amigo. Entre estos amigos estaba el que poco después fue mi esposo, del que hablo antes. En 1961 regresé a Cuba con mi compañero, para integrarnos en aquella experiencia nueva en América Latina; vivimos fervorosamente todo lo que aconteció en la Isla y veníamos a Galicia cada año. Cuando nos jubilamos trasladamos nuestras vidas para acá y vamos cada año allá. Mi trabajo en Cuba y aquí queda explicado antes; en mi caso es muy parecido al de allá porque sigo atendiendo a los niños y adolescentes y he traducido al gallego cuanto escribí en cuba. Debo dar gracias a la vida por ello, como Violeta o quizás más: mi vida campesina y sin recursos que pudo y puede hacer algo por los demás así lo veo hoy.
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